viernes, 2 de diciembre de 2016

Éxodo




"Al concluir una de las posibles lecturas de este libro queda la estela del éxodo de un hombre hacia sí mismo. En la escena inicial hay alguien que acude a una cita ineludible, e inquietante, con un espejo (...) Abandona el mundo cotidiano para sumirse en ese orbe profundo que, según Borges, urden los espejos. Pero lo que aquí se urde, y multiplica, no son mundos ni seres ilusorios, sino la trama de un yo que busca su imagen, que puede y debe romper el espejo y buscarse en los fragmentos, las esquirlas, la metralla de cristales".

(Del prólogo de Ricardo Pochtar)

Podéis adquirirlo ya en la tienda on-line de Amargord ediciones:



Ilustración de portada: Magda Quesada Ordeig

sábado, 26 de noviembre de 2016





Arde el fuego en el hogar,
un fuego primitivo
inmensurable en gigas,
inexpugnado por las redes
inalámbricas, internet,
los drivers o los discos duros,
un fuego anciano y recio
al que vamos arrojando
cáscaras de frutos secos
cuando conversamos,
pieles de naranja, cenizas,
fragmentos de un mundo
que era nuestro
y que aún ha de seguir aquí
por lo menos esta noche
–una noche todavía–
mientras todo se consume
entre las paredes temblorosas
de esta mansión en llamas
que nos calienta las manos.

C. I

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miércoles, 26 de octubre de 2016

Quien avanza en Calais






Quien camina por el campo
de refugiados de Calais

Nadie reconoce su desfigurado rostro
confundido entre los rostros del sufrimiento
nadie lo saluda
                    nadie
levanta la mirada
mientras avanza
bajo el alambre retorcido de la lluvia

los desposeídos cubren sus ojos con escamas de barro
imposible ver otra cosa que la tierra
la imposible tierra
la inaccesible tierra
la reducida tierra      límite del océano
la tierra agonizante

y él avanza hundiendo
sus pies en fango
pisando la alambrada de la lluvia
coronada por las púas de sus propias lágrimas
acaricia a un huérfano
abraza a una enferma
suda sangre

avanza

Y los romanos
a paso ligero
                 irrumpen
golpean con las culatas de sus fusiles
salpican con sus botas
cubriendo de más lodo a los caídos
empujan con violencia a los bárbaros
hacia los bordes exteriores del imperio
y los arrojan al mar

pero no pueden impedir que él avance
se abra paso entre sus escudos y pistolas
hacia la desolación

y si alguien   quién   quién sabe
lo reconociera
y extrañado preguntara

quo vadis, Domine?

habría de responderle:

Vengo a ser crucificado aquí de nuevo
y morirán junto a mí, de nuevo
un hombre malo      un hombre bueno

C. I

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miércoles, 28 de septiembre de 2016

Arco Voltaico, de Llanos Gómez




Con Arco Voltaico Llanos Gómez pone en nuestras manos un texto dramático difícil, arriesgado y rompedor, un poema dialogado en cuatro movimientos para una representación imposible. ¿O no tanto? La dificultad abre un campo de posibilidades y la propia autora realizó una adaptación escénica en Sala de Ensayo.

El escenario en el que se desarrolla la acción es un prisma suspendido en el espacio, sobre la cavidad del tiempo, donde destacándose contra el fondo de un grito metálico cada personaje y cada hecho se observan descompuestos en multitud de ángulos, fragmentando la unidad del conjunto y su significado. Y las indicaciones escénicas, apuntes sobre un vacío, se configuran como poemas que desbordan la limitada realidad, adquiriendo toda su fuerza en el despliegue crítico del lenguaje.

Así, en planos que se suceden y que se superponen ante los ojos del lector-espectador, ojos últimos que son picoteados con crudeza por una dramaturga que es a su vez la primera espectadora, éste es invitado a alcanzar los confines de una geometría flotante a la deriva.

Llanos Gómez recupera con este poema dramático la tragedia desde la vanguardia, un largo anhelo. Encontramos, en efecto, los dos elementos de la tragedia clásica, pero abordados desde una sensibilidad radicalmente moderna: el destino que arrastra al héroe (o anti-héroe) y el coro, que da testimonio de su lucha. Lo que sucede es que dentro del prisma este único protagonista, el ser humano, es descompuesto por la luz en todas sus posibles identidades, incluso en la del tirano que somete a sus semejantes y contra quien se alza el texto. En el envés, un relámpago atraviesa, repentinamente y por momentos, iluminándolos, todos los planos. Se trata, quizá, del arco voltaico que se forma entre los electrodos de ese hombre al separarse de sí mismo –desdoblándose, multiplicándose– tras haber soportado una intensa corriente interna.

Con una dimensión simbólica que permite sacar a escena los dramas esenciales del ser humano, el héroe, descompuesto como decimos en diversos personajes –un hombre, otro hombre siempre más alto, un operario y un siervo del barro helado– pugna consigo mismo, o pugnan entre ellos de formas diversas y hasta contrapuestas, por liberar un insecto prisionero. Los hombres tragan instantes, y una máquina se ha roto mientras absorbía papeles en blanco, palabras, hojas secas.

En el segundo movimiento, la acción, puramente interior, nos sitúa ante el debate que siempre se ha encontrado en el epicentro de la tragedia: el valor moral de las acciones del hombre, su utilidad o su inoperancia ante el destino ciego. "La responsabilidad no es equivalente a la culpabilidad", nos dice una de las voces. Y encontramos en ella el eco de Nietzsche, el filósofo que inició la construcción de su pensamiento tomando como base la tragedia griega.

La libertad y el sometimiento conducen el tercer movimiento, núcleo de la obra, exponiendo descarnadamente la paradoja del sometimiento y de la humillación como actos de la libertad sin la cual no serían posibles y que desembocan en la detonación del yo.

Ya en el último movimiento de esta obra un alma asediada por las contradicciones nos invita, llena de fuerza, de fe y de fervor, a alcanzar una sonrisa caminando con los pies envueltos en llamas, y nos desvela que todo –personajes, escenario, coro– es (son) una pregunta desconocida, en la que alcanzan de nuevo la unidad antes de volverse a desintegrar en una respuesta que se deja abandonada al misterio.

Por supuesto, toda esta lectura no es más que una observación desde uno de los ángulos de este prisma, que quizá ocupo en soledad. Pero me atreveré a aventurar esa pregunta que queda para el espacio en blanco de la última página:

¿Y si, después de todo, el relámpago fuera el envés del insecto?





lunes, 26 de septiembre de 2016





Hoy voy pasando, junto al mar, las hojas
que me arroja a los pies mientras camino.

Descifro la escritura de las aves,
el códice miniado de los peces

y los brillos, sin éxito aparente;
pero todo reside en la insistencia.

Sobre la orilla el cielo se desprende,
deja el rastro liviano de su peso

en las huellas de tus pasos: las hojas
primeras que este otoño ha deshojado.

C. I

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sábado, 17 de septiembre de 2016

Todo Tanto, de Arturo Borra





Contemplamos el pasado en sus ruinas, y demasiadas veces lo inducimos desde ellas con la calma que nos confiere saber que nada de lo perdido puede volver a perderse, que el dolor ya ha cumplido su duelo. Sin embargo, con Todo Tanto Arturo Borra logra sacudir nuestra conciencia mediante la imagen de esas ruinas que consigna ante nuestros ojos, de forma recurrente a lo largo de sus páginas, porque nos enfrenta al hecho de que no son parte de nuestro pasado, sino nuestro presente destruido, los cimientos desarticulados de este ahora a partir de los cuales deberemos deducir nuestro futuro.

Construido sobre una poética de radical generosidad hacia el otro, de militante negación del narcisismo y de honda conciencia social, este poemario se suma a los anteriores del poeta argentino afincado en Valencia conformando un cuerpo poético de coherente unidad y de certero objetivo, si bien la depuración que siempre trae consigo el tiempo, cuando uno sabe hacerse grande con él, dota a esta última entrega de una ternura que atempera la rabia ante la injusticia, sin minorar la indignación.

A lo largo de estas páginas atravesamos memoria y daño, indefensión y miedo, hambre y fragilidad de lo desposeído, temblor de lo incierto. Pero lo hacemos sabiendo que a través de todo ello nos dirigimos hacia algo más, hacia un júbilo capaz derrocar el dolor esgrimiendo ese arma blanca de la conciencia que es el lenguaje afilado por la capacidad crítica.

Así, Arturo Borra ensancha el verso hasta la frase, la estrofa hasta el párrafo, desdibujando toda medida para dejar la fuerza de la poesía abandonada a sí misma sin artificio alguno, permitiendo que refulja en la imagen, en el símbolo, en la memoria, en la conciencia. La palabra se erige como necesaria y los silencios, inevitables siempre, se imponen desde algo ajeno y exterior, "vienen de atrás, río del que nunca hallamos su fuente", en el tránsito de una región desierta para el lenguaje. Pero es esa aridez la que provoca que el hombre se yerga para "horadar la tierra: aunque nadie sepa qué brotará de esta superficie revuelta ni avizore los peligros cernidos sobre la vida subterránea".

Todo Tanto es el testimonio de un tiempo, el nuestro, en el que un poeta tiene abandonar la trinchera del yo para dejar constancia de los ahogados que "todavía navegan al cerrar los ojos. Los ahogados, que vienen desde dentro, como un remanso de la memoria". Porque sin ellos, el futuro es imposible.


martes, 26 de julio de 2016




No es la cal la que revoca el muro
sino el brochazo de luz
cambiante por momentos

El tembloroso   inconsistente
enigma de unos ojos
proyectándose en el muro

C. I