viernes, 20 de junio de 2014

Antes de desaparecer, de Laura Giordani




Como la rara flor del desierto, que florece justo antes de morir; o como el cisne, que reserva su único canto para el momento en que debe expirar; así el poema, antes de desaparecer nosotros. "Nuestra última/ resistencia/ antes de desaparecer". El poema como intensificación de la vida, como fruto, pero también, en la conciencia de la pérdida, como testimonio. Como huella.

Antes de desaparecer, de silenciarse en la blancura de una última página, Laura Giordani recorre un camino en el que no es posible distinguir la vida de la poesía, va forjando -y nosotros asistimos a ese milagro- una poética que es pálpito, que bombea el espíritu por nervaduras invisibles. Este libro es tanto un tratado de poética como, inseparablemente, un tratado de vida. Y por el mismo motivo. Entierra las palabras, semillas de una futura confesión, y deja que la fuerza del tiempo y de los elementos las hagan germinar para luego desenterrarlas y descubrir, con las manos y las uñas ennegrecidas, "lo que el barro hizo con ellas". Y en la mirada que la poeta dirige a ese barro se condensa toda una cosmovisión que es capaz de descubrir la "convalecencia del cielo/ en el suelo".

Poesía, así pues, que es necesario trabajar cuarteándose las manos con el esfuerzo, poesía firmemente arraigada en la tierra, pero que se eleva como esos "árboles invisibles/ que la violencia del agua/ no puede arrancar". Y si no puede es, precisamente, porque son invisibles, porque sus raíces se hunden en el corazón y ninguna avalancha, ningún torrente, ningún alud, tiene poder sobre ellos. Es en ese crecimiento misterioso y fascinante, en esa pertenencia a dos ámbitos, en la unión que produce entre ambos, donde radica la clave, donde se sitúa el ser humano: la palabra surge de lo más puro del alma, pero luego se entrega al mundo, donde el bien y el mal se entremezclan. Deja de pertenecernos. Y sólo con esa entrega, con la renuncia generosa a lo que nos es más íntimo, es posible dar fruto.

No, no es una poesía fácil, ninguna gestación lo es: "llegaron como una peste las palabras y las llevamos a la boca creyendo en su alimento (...) Sobrevino la sintaxis, la separación, el desastre". Trabajamos con una "palabra precaria siempre". No puede ser de otro modo, porque poesía y vida son lo mismo, y junto al amor, en la vida, afrontamos la separación, la precariedad, la pérdida. Ahí está nuestra fragilidad ante el universo cuando "la noche, como un animal,/ abre sus entrañas/ todavía tibias, sobre la llanura".

Laura Giordani recorre un camino. Y avanzar implica dejar muchas cosas atrás, construir una memoria. Profesar el credo de las pérdidas. Hay, además, muchas formas de caminar, muchas formas de afrontar la pérdida: ella prefiere las cunetas, los márgenes que el común de la gente ignora, o desprecia. Fija su atención en las cosas pequeñas, en lo insignificante, busca siempre su anverso, el lado oculto, y si hace inventario de lo que va atesorando en su corazón, encuentra "tres dientes de leche, un esqueleto de gorrión, la miga de pan que nunca se seca, dos versos de Alejandra". Y es consciente de que esas minucias pueden ser tanto objetos desveladores, como veladores de la realidad, que a un tiempo nos dan la medida de lo auténtico como nos distraen del terrible destino final ("caminamos muerte adentro, distraídos por la disposición de las baldosas"). Pero si la muerte –la desaparición– parece configurarse como el destino final, no lo es en absoluto, ya que "la ternura  puede resquebrajar nichos/ como crisálidas abrirse paso/ hasta aquel lugar clandestino". Y así, esa ternura que nos hace tan frágiles, tan vulnerables, también nos protege y nos pone a resguardo, intocables, como esos árboles invisibles que el poema hace germinar desde dentro de nosotros y que permanecerán dando oxígeno al mundo cuando, disueltos en la última página en blanco, convirtiéndonos nosotros mismos en una pérdida, nos instalemos en ese lugar clandestino, solo nuestro: "el poema que no se escribe nunca".






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